
¿Se puede hacer una película legendaria sobre las motivaciones de unos atletas ingleses en los Juegos Olímpicos de París en 1924?
Sí.
Carros de Fuego.
Se podría hablar del extraordinario casting, de la mítica banda sonora de Vangelis, de la acertadísima localización de exteriores y de todo lo que ha hecho de esta película un clásico que hay que revisar cada cierto tiempo. Más allá de eso, lo que ha hecho inmortal a
Carros de Fuego es la tensión que se genera entre dos formas de entender el deporte y la épica de la superación personal.
El marco temporal (los Felices Años 20, el comienzo de los entrenamientos dirigidos y del deporte profesional) es el perfecto para presentar el conflicto entre la rigidez del deporte amateur, representado por el equipo olímpico inglés, y el sacrificio del deporte profesional, representado por el equipo estadounidense y por el joven judío inglés Harold Abrahams (Ben Cross).
Para Abrahams, competir es vencer, no concibe otra forma de medirse a los demás. Toda su vida ha luchado para triunfar entre las elites inglesas, superando los prejuicios raciales y económicos.
En contraposición a Abrahams tenemos a Eric Liddell (Ian Charleson), un hombre de sólidos principios religiosos con el don de la velocidad y que corre para honrar a Dios.
La historia habla del afán de superación, del espíritu de victoria y de cómo una forma de entender el deporte y la vida se desmorona para dar paso a una concepción moderna del espíritu olímpico. Personalmente, creo que con Sir Jonathan Edwards se acabó realmente una forma de vivir el deporte de alta competición. En Carros de Fuego entrevemos el principio de ese fin.
Carros de Fuego en IMDB.